martes, 24 de diciembre de 2013

Villancicos (cuento de Navidad)

Hay una única tarde al año en la que dejo de ser Marcos, Papá o Profesor para volver a ser Marquitos. Es el día de Nochebuena, cuando voy a cantar villancicos con mis amigos al belén de la parroquia. Mi mujer nos llama el "Coro de los Peterpanes" y todos los años insiste que ya estamos un poco talluditos para eso, que va siendo hora de que le dejemos el sitio a los niños del barrio. Yo siempre le contesto que los niños de hoy en día ya sólo saben de Playstations y Facebooks, y que si no vamos nosotros no lo iba a hacer nadie. Aunque los dos sabemos que es sólo una verdad a medias, que si sigo yendo es porque es el único día en que nos volvemos a juntar la antigua panda: Salva, Carlitos, el Juan...

Todo empezó con don Remigio, el cura que nos daba la religión en los Salesianos. Un año le vino la idea de que unos niños cantando podía ser una buena idea para atraer más gente al belén de la parroquia (y, de paso, pedirles que contribuyeran a la campaña de Navidad) y allá que nos llevó a las dos clases de sexto con unas cuantas panderetas y zambombas. No debió de acabar muy convencido cuando no quiso repetirlo al año siguiente. Yo siempre le he echado la culpa a los del A, que cantaban más fuerte a propósito para que no se nos escuchara a los de 6º B, empezando una pelea que se recordó en el barrio durante bastante tiempo. Aunque Carlitos, que era del A, sostiene que todo comenzó porque nosotros habíamos acaparado todas las zambombas. Mi mujer se ríe de que a estas alturas todavía sigamos discutiendo sobre esto, pero claro, ella no puede entenderlo porque en su colegio sólo había una clase por curso.

El caso es que al año siguiente a los de la panda del barrio se nos ocurrió que lo podíamos repetir por nuestra cuenta, y así empezó una tradición que este año cumple tres décadas. En ese tiempo todos hemos ido dejando el barrio y perdiendo el contacto salvo por esta tarde del año en el que volvemos a reunirnos junto al belén.



Esa noche había nevado por primera vez desde que era un chaval. Las calles cubiertas de blanco, las luces, los niños haciendo muñecos y lanzándose bolas de nieve... todo parecía haberse confabulado para montar un escenario de película navideña que acompañase los treinta años del coro. Aunque lo que de verdad hizo aquel día inolvidable fue que, después de no saber nada de él desde los ochenta, el Luisma volvió para cantar con nosotros.

Lo vimos cuando nos acercábamos desde la cafetería donde solíamos quedar. Nos costó un poco reconocerlo. Yo creo que no nos lo terminamos de creer hasta que, después de que le preguntara si era de verdad era él, me contestó:

—¡Pues claro, Carahuevo! ¿Quién iba a ser si no? ¿Papá Noel?

Nadie me había vuelto a llamar Carahuevo desde hacía más de veinte años. Fue Salva el único que tuvo presencia de ánimo para decir lo que todos estábamos pensando:

—Joder, Luisma, estás igual.

No se trataba de una frase para quedar bien. Delante de nosotros, con su sonrisa socarrona y su perpetua expresión de estar maquinando alguna nueva trastada, estaba el mismo Luis Manuel de dieciséis años al que no habíamos vuelto a ver desde que su familia hiciera las maletas y dejara la ciudad.

—No como tú, que se te nota la buena vida —la aparición señaló la barriga de Salva, que dio un respingo hacia atrás—. Bueno, ¿es que pensáis quedaros allí toda la tarde? ¿Cantamos o qué?

—Es que nos ha sorprendido volver a verte así, de repente —logré articular—. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

—Pues arriba y abajo, por ahí —dijo haciendo un gesto con el brazo como abarcando una gran cantidad de sitios. Luego volvió a sonreírnos—. Sabéis, todas las navidades me acordaba del coro y me moría de ganas de cantar con vosotros. Y cuando caí que este año era el treinta aniversario me dije, yo no me voy sin ver a la panda una última vez.

Esta vez fue Juan el que se atrevió a poner palabras a nuestros pensamientos:

—¿A dónde te vas?

—Pues arriba y abajo, ya os lo he dicho —respondió poniendo cara de aburrido. 

Dudo que hubiéramos podido sacarle algo más de haber tenido la oportunidad. En cualquier caso en ese momento apareció don Miguel, un cura joven al que habían destinado a la parroquia hace unos años, para avisarnos de que ya había gente esperando y llevarnos junto al belén.

Cuando llegamos a nuestro sitio todos intentamos evitar colocarnos junto a Luisma, que ajeno a nuestro nerviosismo se plantó entre Salva y yo echándonos un brazo por encima a cada uno mientras decía:

—Joder, esto es de verdad como en los viejos tiempos.

Durante la primera canción ni Salva ni yo dimos pie con bola, incapaces de pensar en otra cosa que en ese brazo sobre nuestros hombros, que no estaba helado ni parecía dispuesto a atravesarnos como yo había supuesto. El resto no dejaba de lanzarnos miradas furtivas esperando que el Luisma desapareciera de pronto, que nosotros dos nos cayésemos muertos o qué se yo.

Un par de villancicos después, cuando Luisma ya había cambiado de sitio, Salva aprovechó una pausa para enseñarme la foto que había hecho con el móvil:

—Mira, aquí está.

—Ya lo veo, ¿y qué?

—Pues que sale en la foto. Se supone que no debería, ¿no?

—Y yo que sé. ¿Eso no son los vampiros?

Y los dos miramos hacia Luisma que nos sonrió sin que viéramos asomar ningún colmillo.

Fue probablemente nuestra peor actuación desde aquella primera vez en sexto. Hasta don Miguel debió darse cuenta de que algo raro pasaba porque se puso a cantar con nosotros, cosa que nunca había hecho antes. Pero ya fuera por la fuerza de la costumbre o porque uno acaba acostumbrándose a todo, lo cierto es que poco a poco acabamos entrando en calor y los últimos villancicos acabaron saliéndonos bastante bien. Incluso llegué a comentarle a Salva que se dejara de sacar fotos y disfrutase que por una vez volviésemos a estar todos juntos.

Cuando terminamos don Miguel se despidió de nosotros y nos quedamos mirándonos unos a otros sin saber muy bien qué hacer. Fue precisamente Luisma el que rompió el hielo:

—Ha estado genial, tenemos que repetirlo alguna vez.

—No te preocupes —le respondí en seguida. Y, sin pensarlo mucho, añadí—. Suerte en tu viaje. Espero que vayas a un lugar mejor y...

Pero no fui capaz de terminar. Me interrumpió la carcajada de uno de los visitantes del belén, un tipo literalmente doblado en dos de la risa, que a duras penas lograba decir:

—¡A un lugar mejor! —nueva carcajada—. Marquitos, eres la ostia.

Y mientras nos quedábamos mirándolo embobados el hombre se quitó el gorro y la bufanda que ocultaban los rasgos del Luisma. Un Luisma canoso, de ojillos hundidos, y con un buen puñado de arrugas que se hacían aún más marcadas por la sonrisa que le llenaba toda la cara, la misma sonrisa que habíamos visto una y otra vez de niños cada vez que nos gastaba una de sus bromas.

—Creo que ya conocéis a mi chaval —dijo echándole un brazo por encima al chico que había cantado con nosotros—. Todo el mundo dice que se me parece un montón.

Y como nadie decía nada, continuó:

—Venga, os invito a tomar una cervecita, y así podemos ver la actuación, la he grabado entera.

Yo fui el primero en reaccionar, articulando la única respuesta válida en estas circunstancias y estampándole una bola de nieve en plena cara.



—Vaya pinta traes. ¿Ha ido bien la tarde? —me preguntó mi mujer al entrar en casa.

—La verdad es que sí, nos hemos reído mucho —y, mientras me quitaba el abrigo empapado de barro y nieve sucia, añadí—. Ha venido el Luisma. El mamón estaba igual que siempre.

FIN

sábado, 21 de diciembre de 2013

¿Por qué debería morirme?

Después de haber interrumpido por un tiempo su lectura para documentarme para la próxima entrada del blog, he vuelto a The Rise and Fall of the British Empire de Lawrence James, donde he encontrado esta simpática anécdota. Se refiere al rodaje de Las cuatro plumas (1939), de Zoltan Korda. El gobierno era consciente de la importancia de películas que diesen una buena imagen del Imperio, así que 
"... las autoridades sudanesas prestaron a Korda 4.000 askaris [soldados nativos] y el East Surrey Regiment para la espectacular recreación de la batalla de Omdurman que marcaba el clímax de Las cuatro plumas. El gobierno sudanés también ayudó a conseguir un gran número de guerreros Hadanduwa (Fuzzy-Wuzzies), que añadieron un llamativo toque de autenticidad a las secuencias bélicas. Según una información sobre la película que apareció en el Picture Post, fue difícil convencer a estos orgullosos hombres de que muriesen. Uno preguntó: '¿Por qué debería morirme? ¡Yo luché en la auténtica batalla de Omdurman y no morí!' Finalmente fue persuadido de que una muerte cinematográfica no era motivo de vergüenza  y accedió."

La batalla de Omdurman en Las cuatro plumas (fuente).

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Más cornás da la enfermedad que el enemigo

Como habréis deducido de mi anterior entrada, estos días estoy leyendo The Rise and Fall of the British Empire, de Lawrence James. Me han llamado mucho la atención las siguientes líneas sobre los problemas de la Royal Navy durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763):
"...la armada necesitaba encontrar y mantener marineros para servir en sus barcos, muchos de los cuales debieron hacerse a la mar sin sus dotaciones completas. El mayor problema eran las bajas: de 70.000 hombres reclutados entre 1756 y 1759, 12.700 desertaron y una cantidad ligeramente mayor fallecieron por enfermedad. En contraste, 143 murieron como consecuencia de enfrentamientos con el enemigo entre 1755 y 1757."

domingo, 10 de noviembre de 2013

Si vas a Virginia llévate una rebequita (y algo de tabaco)

Estamos en Inglaterra, a comienzos del siglo XVII. En 1604 se firmó la paz con los españoles dejando un montón de emprendedores ociosos en busca de una nueva empresa en la que embarcarse. ¿Y qué mejor oportunidad que empezar una nueva vida al otro lado del océano? En abril de 1607 un primer contingente de 105 colonos embarca bajo la bandera de la recientemente fundada Compañía de Virginia bajo la promesa de encontrar la prosperidad en una fértil tierra con un agradable clima templado.

Jamestown, fundado por los colonos de la Compañía de Virginia, fue el primer asentamiento británico permanente en Norteamérica.

Un momento, ¿clima templado en Virginia? Posiblemente fuera exagerar un poco para un lugar donde se alcanzan 30º C en verano y -3º C en invierno. Y si además llegaba un invierno especialmente duro, como el de 1609-10, no era de extrañar que alguno de ellos llegara a afirmar que preferiría perder los miembros y mendigar en las calles de Londres antes que permanecer en Virginia.

Podríamos sospechar que nos encontrábamos con un temprano caso de publicidad engañosa, y que tal vez los miembros de la Compañía de Virginia habían exagerado un poco con vistas a conseguir voluntarios. Sin embargo no era así, y sus gestores estaban tan decepcionados como los propios colonos. La causa fue el conocimiento aún incompleto de los mecanismos del clima.

El error había sido suponer que, al compartir Virginia la misma latitud que España, ambos territorios debían tener un clima similar. De hecho los planes para la colonia eran desarrollar cultivos mediterráneos que permitieran reducir las importaciones de la metrópoli de Francia y España. Incluso se llegó a elaborar un plan para plantar olivos.

Glade-creek-west-virginia-winter-snow-pub - West Virginia - ForestWander
Invierno en Virginia. No sé, no termino yo de ver aquí los olivos (Fotografía de ForestWander. Wikipedia)

Ante estas cicunstancias no debería extrañarnos que en 1624 la Compañía de Virginia acabara disuelta. Y sin embargo la culpa no fue de la mala planificiación inicial, sino por disputas entre los inversores y a que el rey Jacobo I le retirara su favor descontento por la tendencia de la colonia hacia el gobierno popular.

De hecho cuando se disolvió la compañía Virginia iba camino de convertirse en uno de los territorios más prósperos de la corona británica, gracias a la apuesta por un nuevo cultivo que sí se adaptaba perfectamente a su clima y terreno: el tabaco. Fueron las plantaciones de Virginia las que consiguieron convertir un artículo de lujo en un producto popular. El éxito fue tan grande que al llegar el cambio de siglo el 20% de los impuestos por aduanas de Inglaterra provenían del tabaco (a pesar de que una de las cosas que Jacobo I le echara en cara a la Compañía de Virginia fue el iniciar el cultivo de aquel producto maloliente).

Este formidable aumento de plantaciones de tabaco requería una considerable mano de obra, más de la que podía encontrarse en la colonia. La solución fue importar convictos de la metrópoli: vagos, maleantes, prisioneros de las guerras civiles y rebeldes capturados en las insurrecciones de Escocia e Irlanda. Estos trabajadores forzosos podían llegar a ser comprados por entre 15 y 20 libras y después unos años de labor se les condecía la libertad, tras lo cual algunos decidían empezar una nueva vida en Virginia.

A pesar de que este sistema de trabajos forzados se fue haciendo cada vez más popular, acabó revelándose insuficiente para las demandas de las plantaciones, desembocando en el inicio del comercio de esclavos africanos en Norteamérica.

1670 virginia tobacco slaves
Esclavos trabajando en una plantación de tabaco de Virginia en 1670 (Wikipedia).

Fuentes:

lunes, 28 de octubre de 2013

En la víspera de noviembre, de Lady Wilde (leyenda irlandesa)

November Eve es una de las leyendas incluidas en Ancient Legends, Mystic Charms, and Superstitions of Ireland, de Lady Francesca Wilde (1821 - 1896). La traducción la he hecho yo mismo y aquí podéis encontrar su versión original. 




Fairy song
A fairy song, illustración de Arthur Rackham.
Se considera una muy mala idea entre los habitantes de la isla salir durante la víspera de noviembre a ocuparse de cualquier asunto, pues es cuando las criaturas mágicas tienen sus reuniones y no les gusta que las vean o las observen. Y todos los espíritus acuden junto a ellas y les ayudan. Pero los mortales deben quedarse en en casa, o sufrir las consecuencias, pues las almas de los muertos tienen poder sobre todas las cosas en esa noche del año, y celebran una fiesta con las hadas y beben vino tinto de las copas de las hadas, y bailan la música de los duendes hasta que la luna se oculta.

Hubo un hombre de pueblo que se quedó hasta tarde una víspera de noviembre pescando, y no pensó en duendes hasta que vio un gran número de luces agitándose, y una multitud pasando deprisa con cestas y sacos, todos riendo y cantando y divertiéndose mientras marchaban.

—Sois una alegre pandilla —dijo—, ¿hacia dónde os dirigís?

—Vamos a la feria —dijo un pequeño anciano que llevaba un elegante sombrero con una cinta dorada alrededor—. Ven con nosotros, Hugh King, y tendrás la más deliciosa comida y la más deliciosa bebida que hayas visto jamás.

—Y llévame esta cesta —dijo una pequeña mujer pelirroja.

Así que Hugh la agarró y fue con ellos hasta que llegaron a la feria, que estaba abarrotada con una multitud como no había visto en la isla en toda su vida. Y bailaban y reían y bebían vino tinto en pequeñas copas. Y había flautas, y arpas, y pequeños zapateros arreglando zapatos, y las cosas más hermosas del mundo para comer y beber, como si estuvieran en el palacio de un rey. Pero la cesta era muy pesada, y Hugh estaba deseando dejarla y poder ir a bailar con una pequeña belleza de largo pelo rubio que reía frente a él.

—Bueno, deja aquí la cesta —dijo la mujer pelirroja—, ya que veo que estás muy cansado —y la cogió y quitó su tapa, y de ella salió un pequeño anciano, el duende más feo y contrahecho que imaginarse pueda.

—Ah, gracias, Hugh —dijo el duende educadamente—, por haber cargado conmigo tan bien. Soy de miembros débiles, de hecho no tengo nada que pueda llamarse piernas. Pero te pagaré bien, mi buen amigo. Acerca las manos —y el pequeño diablo dejó caer sobre ellas oro, oro y más oro, brillantes guineas doradas—. Ahora vete —le dijo— y bebe a mi salud, y pásalo bien, y no tengas miedo de nada que veas u oigas.

Y le dejaron solo, salvo por el hombre con el sombrero elegante y el fajín rojo alrededor de su cintura.

—Espera un poco —dijo—, pues el rey Finvarra y su esposa se acercan a ver la feria.

Según hablaba se escuchó el sonido de un cuerno, y apareció un carruaje tirado por cuatro caballos blancos, y de él bajó un espléndido y solemne caballero vestido completamente de negro y una hermosa dama con un velo plateado sobre su cara.

—Este es el mismísimo Finvarra y la reina —dijo el pequeño anciano. Pero Hugh estuvo a punto de morirse el susto cuando Finvarra preguntó:

—¿Quién ha traído a este hombre?

Y el rey frunció el ceño y le miró tan sombriamente que Hugh casi se desmayó de miedo. Entonces todos rieron y rieron tan alto que todo pareció temblar y agitarse con el sonido de las risas. Y los bailarines se acercaron y bailaron alrededor de Hugh, e intentaron cogerle de las manos y hacerle bailar con ellos.

—¿Sabes quienes son estas gentes, y los hombres y mujeres que bailan alrededor tuya? —preguntó el anciano—. Míralos bien, ¿los habías visto antes?

Y cuando Hugh miró vio una muchacha que había muerto el año anterior, y luego otro y otro de sus amigos que sabía que habían muerto hacía mucho, y entonces vio que todos los bailarines, hombres, mujeres y muchachas, eran los muertos en sus largos sudarios blancos. E intentó escapar de ellos, pero no pudo, porque se arremolinaron a su alrededor y bailaron y rieron y lo agarraron por los brazos, e intentaron arrastrarlo al baile, y sus risas parecían atravesar su cerebro y matarlo. Y cayó ante ellos, como atrapado por el sueño, y no supo nada más hasta que le encontraron a la mañana siguiente acostado dentro del círculo de piedra de un fuerte de las hadas sobre la colina. Era evidente que había estado entre criaturas mágicas, nadie podía negarlo, ya que sus brazos estaban negros por el toque con las manos de los muertos cuando habían intentado arrastrarlo al baile. Pero ni una pizca del oro rojo que le había dado el pequeño diablo pudo encontrarse en su bolsillo. Ni una sola moneda dorada. Todo se había perdido para siempre.

Y Hugh regresó triste a su casa, porque ahora sabía que los espíritus se habían reído de él y lo habían castigado por haber molestado sus celebraciones de la víspera de noviembre, esa noche entre todas las del año en que los muertos pueden dejar sus tumbas y bailar a la luz de la luna sobre la colina, y los mortales deben quedarse en casa y no atreverse nunca a contemplarlos.


FIN

miércoles, 23 de octubre de 2013

El barco de los gigantes

Una tradición de Frisia del Norte cuenta que los gigantes también poseían una nave colosal, llamada Mannigfual, que navegaba constantemente alrededor del Océano Atlántico. Tal era el tamaño del barco que se decía que el capitán recorría su cubierta a caballo. El aparejo era tan extenso y los mástiles tan altos que los marineros que subían como jóvenes bajaban convertidos en hombres canosos, tras descansar y alimentarse en habitaciones dispuestas y aprovisionadas para este fin entre los enormes aparejos y poleas.

Por algún percance sucedió que el piloto una vez dirigió esta inmensa nave hacia el Mar del Norte, y queriendo regresar al Atlántico lo antes posible, pero sin atreverse a dar la vuelta en un espacio tan pequeño, puso rumbo hacia el Canal de Inglaterra. Imaginad la consternación general a bordo cuando vieron hacerse el paso más y más estrecho conforme avanzaban. Cuando llegaron al punto más estrecho, entre Calais y Dover, apenas parecía posible que el buque, llevado por la corriente, fuera capaz de forzar su paso. El capitán, con gran presencia de ánimo, ordenó rápidamente a sus hombres que enjabonaran los lados del navío, añadiendo una capa extra a estribor, donde se alzaban amenazantes los escarpados acantilados de Dover. Apenas se habían terminado de cumplir sus órdenes cuando el navío entró en el estrecho corredor y, gracias a las precauciones del capitán, se deslizó a través suya sin peligro. Sin embargo las rocas de Dover rascaron tanto jabón que desde entonces han permanecido blancos, y las olas que rompen contra ellas todavía tienen una particular apariencia espumosa.

Kriedefelsen an Englandküste
Acantilados blancos de Dover, fotografía de By JoyMamaMohrle (Own work) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.
Fuente: El texto es una traducción propia de un fragmento de Myths of Northern Lands de H.A. Guerber.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El horror: las manos amputadas del Congo

El siglo veinte tiene el dudoso honor de haber sido testigo de dos guerras mundiales y varios genocidios. Su mismo nacimiento tuvo lugar mientras se desarrollaba uno de los más terribles y poco recordados: invisibles para el mundo civilizado, millones de personas fueron asesinadas o desplazadas en un proceso que dejó despobladas extensas zonas en el corazón de África.

Este genocidio no fue causado por guerras, odios tribales o enfrentamientos religiosos, sino por pura y simple codicia. La devastadora avaricia del hombre blanco dispuesto a cobrarse cuantas vidas fueran necesarias para engordar un poco más su cuenta de beneficios, en un expolio que mostraría la verdadera imagen de quien hasta ese momento había sido considerado como ejemplo de filantropía.


Un país convertido en negocio 

 

Leopold II of Belgium
Leopoldo II de Bélgica (Pulsar sobre
las fotografías para acceder a las fuentes).
La Conferencia para el África Occidental que se clausuró en Berlín en 1885 supuso el nacimiento de una anomalía histórica: en sus conclusiones las potencias acordaban ceder la mayor parte de África central a un ente abstracto, la recién creada Asociación Internacional de África, con la condición de que dedicase su administración a luchar contra el comercio de esclavos y establecer una zona de libre comercio. Era notorio que la Asociación Internacional de África no era más que un eufemismo tras el que se escondía el rey Leopoldo II de Bélgica. Su reconocimiento era el colofón a una década de esfuerzos en la que el monarca había sabido utilizar con maestría la desconfianza entre las distintas potencias hasta lograr su sueño de ser coronado rey soberano de un Estado Libre del Congo que él mismo había inventado.

Si Leopoldo II había logrado llegar hasta ahí fue gracias a la combinación de una mente excepcionalmente dotada para la intriga junto con una de las mayores fortunas personales de Europa. Una fortuna que empezaba a dar muestras de agotamiento. El rey estaba descubriendo algo que pronto aprenderían el resto de países que participaron en el reparto de África: por muy promisorios que parecieran los nuevos territorios el coste de establecer una nueva administración (funcionarios, caminos, puentes, puestos militares...) superaría durante muchos años los posibles beneficios.

Latex dripping
Extracción del látex.
El rey se vio obligado a solicitar créditos cada vez mayores en un camino imparable hacia la bancarrota cuando, como si de una obra de ficción se tratase, su salvación apareció en el último momento de manera totalmente inesperada. En 1891 Édouard Michelin patentó un nuevo modelo de neumático que desató una auténtica fiebre del caucho, un material que se extraía a partir de la savia de ciertas especies de plantas, algunas de las cuales se encontraban fácilmente en la cuenca del Congo.

Leopoldo II vio en el caucho la oportunidad de recuperar su maltrecha fortuna. Para eliminar posibles competidores promulgó un edicto por el que el Estado pasaba a ser propietario de todos los recursos en su territorio, prohibiendo su venta salvo al propio Estado y a los precios que éste fijase. Todo el país se convertía así en un gigantesco monopolio con sus ciudadanos reducidos a la categoría de trabajadores forzosos.

martes, 2 de julio de 2013

De cómo Leopoldo II se hizo con el corazón de África

Reparto colonial de África en 1914
Reparto colonial de África en 1914.
Imagen tomada de How Stuff Works.
Mirad un momento el mapa de la derecha. Los colores indican el reparto de África por las potencias europeas justo antes de la I Guerra Mundial. Predominan el rosa y el verde de Gran Bretaña y Francia, respectivamente, junto algunos toques de amarillo (Alemania), verde oscuro (Portugal) y otros colores menos importantes.

Y en pleno corazón de África nos encontramos con una anomalía, una mancha de color marrón claro que ocupa gran parte de África central y que, según la leyenda, corresponde a Bélgica. Una de las zonas más ricas del continente en manos de un país de segunda fila.

Pero esto, aunque extraño, no es lo más curioso. Lo realmente sorprendente es en su origen el gobierno de este inmenso territorio no correspondía a Bélgica como país. Durante años el Congo fue la posesión de una única persona, una finca de miles de kilómetros cuadrados que gobernaba sin dar cuentas a nadie.

Esta es la historia de cómo esta anomalía se hizo posible y cómo el rey Leopoldo II de Bélgica logró engañar y manejar a los mayores poderes de su época hasta hacerse con el corazón de África central.


domingo, 16 de junio de 2013

La gran carrera por el Congo

Mapa de África en 1874
África en 1874 (fuente).
Pincha en la imagen para ver a tamaño completo.
En 1876 era muy poco lo que se conocía del interior de África. Las clases cultas europeas se asombraban con los relatos de valientes exploradores que pugnaban por llenar los espacios en blanco de los mapas, mientras sus gobiernos mostraban escaso interés en ella más allá de su fachada mediterránea y algunos puestos comerciales que jalonaban la ruta hacia oriente. Entonces algo cambió, el continente ignorado pasó a protagonizar las reuniones de las cancillerías europeas, a ser el tema de conversación en los cafés, arrastrando a las principales potencias a una carrera por hacerse con la mayor cantidad de territorio posible en una competición que inflamaría de patriotismo a las masas y agitaría el fantasma de una guerra.

¿Qué sucedió en esos años para cambiar tan radicalmente la historia del continente? La respuesta es compleja, pero entre el amasijo de causas destaca una figura cuya ambición contribuyó a poner en marcha fuerzas que luego nadie sería capaz de detener. Una mente calculadora, un especialista de la diplomacia y la simulación que lograría engatusar a gobiernos y opinión pública por igual, y cuya imagen acabaría asociada a las mayores atrocidades. Esta es la historia de Leopoldo II de Bélgica, y de cómo su sueño provocó una carrera entre dos grandes exploradores cuyo nombre quedaría ligado por siempre a la historia del continente, una carrera cuyo premio era una tierra de riquezas sin fin en pleno corazón de África.

Bienvenidos a la gran carrera por el Congo.

lunes, 27 de mayo de 2013

Vientos de guerra y jazz

Recientemente he descubierto el programa musical La madeja de Radio 3 y me he vuelto asiduo de sus podcasts. En uno de los más antiguos, dedicado a Nueva Orleans, he encontrado un curioso comentario que relaciona el esplendor del jazz en la ciudad nada menos que con el desastre del 98. Os lo trascribo a continuación, aunque también podéis escucharlo aquí a partir del minuto 9:42 (y, de paso, podéis disfrutar de la música que lo acompaña).

"Decíamos que Nueva Orleans es la patria del jazz, y es cierto. Lo que resulta menos conocido es la relación entre el jazz y el desastre del 98, con la pérdida de Cuba para la corona española. Según cuenta el propio Armstrong en sus memorias, en la primera década del siglo veinte era fácil conseguir cornetas y trompetas de segunda mano en las tiendas de empeño de Nueva Orleans. De hecho su primer instrumento, siendo todavía un niño, fue una de las famosas cornetas de "¡A dólar!". ¿Y de dónde salían aquellas cornetas? Pues resulta que tras haber hundido a la flota española en Cuba, la armada norteamericana licenció a buena parte de la marinería, que se vio ociosa en el puerto militar de la zona: Nueva Orleans, tierra de grandes alegrías, buen beber y mejores burdeles. Tras pulirse su paga, muchos miembros de las bandas de música castrense acabaron empeñando los instrumentos, y así los músicos negros del lugar tuvieron acceso a trompetas y demás vientos a buen precio, hasta entonces fuera de su alcance."

The Superior Orchestra. Nueva Orleans, 1910 (Wikipedia Commons)

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